El Presidente pasó de la confrontación permanente con los medios a una maratón de entrevistas y apariciones públicas. ¿Cambio de estrategia, miedo a las encuestas o necesidad de recuperar terreno político? Una mirada irónica sobre el nuevo Milei mediático.
El Presidente pasó de la confrontación permanente con los medios a una maratón de entrevistas y apariciones públicas. ¿Cambio de estrategia, miedo a las encuestas o necesidad de recuperar terreno político? Una mirada irónica sobre el nuevo Milei mediático.
Estoy asustado. Muerto de miedo. Preso del pánico. Me tiemblan las piernas. Tengo palpitaciones. Desde la final del Mundial que no me sentía así.
¿Vuelven los kukas? ¿Bessent pide la devolución inmediata de los 20.000 palos que nos tiró el año pasado? ¿Lula nos declara la guerra?
No.
Mucho peor.
Me contagié de Javi.
Por primera vez lo veo asustado. Muerto de miedo. Con pánico, temblor de piernas y palpitaciones.
Un tipo que viajaba por el mundo para recibir la medalla al mérito de un centro de jubilados en San Salvador, o invitado por cuatro fachos de Bilbao; que podía pasar entre ocho y doce horas por día consumiendo redes sociales; que se proponía para el Nobel de Economía y hasta para el Oscar; que se percibía como mesías, Rey León, Terminator o Hulk, de pronto agacha la cabeza, se pone los cortos y sale a la cancha.
Anotanding, please:
Lunes 27 de julio: columna con su firma en Clarín.
Jueves 30: cadena nacional.
Viernes 31: entrevista con Telefe.
Domingo 2 de agosto: entrevista con el diario Río Negro y, por la noche, con LN+.
Lunes 3: segunda columna firmada en Clarín y entrevista con Radio Mitre.
Martes 4: entrevista con la señal de streaming La Casa.
¡El asco que habrá sentido teniendo que hacer semejante maratón mediática!
Yo estaba convencido de que el miedo era paralizante. Resulta que, en ciertas personas, provoca exactamente el efecto contrario:
“¡¡Hola!! Cuando quieran: columna, entrevista, streaming, stand up…”.
Un capo la onda que le pone.
Terror mata asco.
Es evidente que algo cambió.
El origen de esta ola de pavor que recorre los despachos libertarios y también los caniles de Olivos está, en primer lugar, en las encuestas.
Las malditas encuestas.
Esos números que, cuando daban bien, eran la prueba irrefutable de que el Gobierno tenía razón y, cuando empezaron a mostrar otra cosa, pasaron a convertirse en un problema.
Los números inquietan especialmente a Santi Caputo.
Caputín se presentó semanas atrás en el despacho del Pelu, que en ese momento dividía su tiempo entre X y TikTok, se disculpó por interrumpirlo y anunció que llegaba con los últimos relevamientos sobre el humor social.
“Me pusieron de pésimo humor”, habría dicho.
¿Por qué?
Porque daban mal, porque eran coincidentes y porque, además, los había pagado él.
Javi captó inmediatamente la gravedad de la información.
Apenas hizo una pregunta:
“¿Cierro la pantalla?”.
Y ahí comenzó otra historia.
Antes, las mediciones eran burdas operetas destituyentes de kukas y periodistas.
Después, tras la bendición canónica de Caputín a esos trabajos, puertas adentro cambió la letra y también la música.
Terceras líneas:
“Qué podíamos esperar si en la calle no hay un mango”.
Segundas líneas:
“Para asegurar la reelección vamos a tener que ofrecer algo más”.
Primeras líneas:
“OK, vamos 1 a 0 en contra. Ahora sale a jugar Leo Milei y da vuelta el resultado sin llegar al alargue”.
Y el Presidente salió.
Salió del clóset.
Ocho irrupciones mediáticas en nueve días son, cuanto menos, una señal evidente de que algo preocupa al Gobierno.
Javi, vos te asustás y nosotros salimos corriendo, tipo Facu Moyano.
No sé si fue una buena idea ir a golpearles la puerta a los periodistas justo cuando estábamos aprendiendo a odiarlos.
Me fumé todas las entrevistas.
Y, con pesar, tengo que confesarte algo: la reaparición del zarpado que se enoja, grita, insulta y revolea datos —por ejemplo, afirmar que el consumo está en su pico histórico— ya no garpa como antes.
Con el personaje del loquito llegaste a Presidente.
Con el cheque de Bessent ganaste las legislativas de octubre.
Ahora hay que inventar algo.
Urgente.
Pensemos en qué inventor tenés cerca.
¿Caputín?
Él te mandó a mendigar espacio en diarios y canales de televisión.
Bochado.
¿Kari?
Hace muy bien lo suyo: comandar el exterminio de la casta con dos lugartenientes de apellido Menem.
No la distraigamos.
¿Santilli?
Viene de una semana difícil en el Congreso y lo último que inventó fueron declaraciones juradas.
Bochado.
¿Toto Caputo?
Esta semana quiso imitarte. Habló de “tarados” y “boludos”.
Pero a él ese talle le baila.
Bochado.
Che, ¿qué onda consultarle a la inteligencia artificial?
Tiene respuestas para todo.
Pumba.
Me tocó el turno.
Bochado.
Si algo enseña la vida es que hay temporales a los que no conviene ponerles el pecho.
Si la mano viene mal, cuarteles de invierno.
Y justo cuando uno pensaba que no podía aparecer algo más extraño, apareció.
Alejandro Sarubbi Benítez, conocido como “GordoLeyes” y presentado como uno de los influencers vinculados a Las Fuerzas del Cielo, fue entrevistado por el programa La Trinchera, en el streaming Carajo.
Durante la entrevista realizó polémicas declaraciones sobre el conurbano bonaerense y planteó, en tono extremo, medidas de segregación y violencia contra sus habitantes.
La propuesta fue tan desmesurada que hasta parece escrita por alguien que confundió provocación con estrategia política.
A ver: creativo, ingenioso, audaz, distinto.
Pero, Javi, Kari y buena parte del Gobierno tienen vínculos directos con el conurbano.
No parece, precisamente, el inventor que estamos necesitando en este momento.
¡Se viene el Papa!
Qué maravilla.
Qué bendición.
Llegará con un mensaje de paz, armonía, concordia y encuentro.
Justo lo que necesita una Argentina atravesada por la grieta.
Así que, GordoLeyes, una humilde sugerencia:
organizá que el 8 de noviembre tus aviones no operen sobre Ezeiza.
Por las dudas.
No vaya a ser que al final el único que tenga miedo sea yo.
Y Javi.
Bueno… Javi también.
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